La MuelonaDemon-04.gif (23597 bytes)

 

Muy similar es ésta a la Patasola y con las mismas características. Solo que la Muelona se presenta siempre como una mujer muy hermosa, aunque provista de una enorme dentadura.

Persigue a los hombres incautos, enamoradizos, en los caminos solitarios, presentándose incitadora como una mujer normal y bonita.

Caen en esa forma en sus redes y son arrastrados por ella, maliciosamente, hasta un lugar más apartado, en donde los devora triturándolos con su fuerte dentadura.

Persigue a los enamorados, a los borrachos, a los contrabandistas o que andan en malos pasos y a los que acostumbran viajar solos por los montes.

Con su dentadura tritura todo lo que se le atraviese, y su poder destructor es tremendo.

Muchas veces en la espesura o en la oscuridad solitaria se escucha el macabro triturar de sus molares.

El Cazador640_cheval_aile.gif (5940 bytes)

 

Otra leyenda bastante curiosa rodea la vida de este personaje que más bien es un espíritu, un fantasma, una maldición que flota en el aire de los montes, en las hondonadas, en las cañadas y en las soledades donde abunda la caza. La figura del Cazador no tiene forma física o, mejor dicho, nadie lo ha podido ver; sólo se ha escuchado en la mansa soledad de la montaña el melancólico grito azuzando a su perro y luego el latido del can, más triste todavía; se siente después un influjo misterioso, un presentimiento avieso que hace poner los pelos de punta.

La leyenda, forjada en la mente de nuestros antepasados campesinos, es la siguiente:

Érase un asiduo cazador empedernido, que todo lo dejaba por los deleites y trabajos de la caería y que toda su vida estuvo consagrada a perseguir los venados por los breñales a la puesta del sol (el sol de los venados), a los cafuches entre los guayabales, a la boruga por entre el guadual, a la orilla de los ríos, a los conejos, en los pajonales; a lasa chilacoas, las chorolas y las guacharacas, en los montes ribereños. Vivía en un pintoresco y colonial pueblito, cerca de Río Grande, rodeado de grandes llanos cuajados de pajonales y matojos, empinadas lomas encrespadas de grandes arboledas y regadas por inquietas y cristalinas quebradas; grandes y hermosas colinas, crestas y cañadas en donde bullía la caza por doquier.

La caza era, como se ha dicho, la única ocupación del hombre, su sostén, su única renta. El grito del cazador se oye en la silenciosa inmensidad de la montaña, cuando se hucha su perro; especialmente a las tres de la tarde; el perro ladra lastimeramente y el hechizo llega. Otro nuevo grito se oye y la montaña se llena de un maléfico embrujo. Las aves enmudecen, hasta los insectos suspenden sus movimientos; el viento, que llega repentino y con satánica violencia, azota la arboleda y cruza como una tromba. Los animales se esconde o se arrebujan entre la maraña, huidizos y asustados; las mulas y demás caballares se espantan, paran las orejas, revientan las sogas, botan las cargas y se lanzan a correr sin rumbo; los perros se apabullan y buscan las pantorrillas del amo para favorecerse. En el aire flota un algo de misterio, de brujería, de terror. Son amedrentados por el hechizo diabólico del cazador aquellas personas que no respetan las fiestas grandes: los días santos, el Corpus o el día del Sagrado Corazón, para irse de cacería; los que toman esta afición por vicio o sevicia, los que acostumbran maldecir en la montaña, los que persiguen sin tregua y con saña una pieza; a muchos ha engañado el mismo animal en la misma forma antes descrita y se han perdido en la montaña para siempre o han sufrido serios percances, resultando muchas veces locos o endemoniados.  Son perseguidos más por el cazador aquellos que dejan de asistir a la santa misa por irse de cacería. Para librarse uno del embrujo maldito del cazador es conveniente llevar algún objeto bendecido, llevar bastantes perros, rezar alguna oración a la hora de alzar a Santos, si es que se encuentra en el campo de caza, persignarse cada momento que perciba algún espíritu malo o una tentación.

También es muy aconsejable cargar municiones rayadas en cruz y cada vez que se vea una pieza como con porte extraño o se note algún indicio anormal, suspender inmediatamente la cacería y rezar.

 

El Tunjoskull62.gif (21504 bytes)

 

El Tunjo es un muñeco de oro. Tal vez fueron estos pequeños ídolos simbólicos o divinos de los pijaos; tal vez fueron dioses o simplemente ofrendas religiosas consagradas a paganos dioses o a sus caciques.

No sé por qué se le atribuyó la leyenda de un fantasma que anda errante, buscando protección, alimento y cobijo por lo cual premiaba a su protector con el fruto de una gradual fortuna.

Se presenta en la forma de un bebé inofensivo, llorando, a la vera del camino, en los grandes caminos reales, en el cruce de un bosque o de una quebrada, en las inmediaciones de unas ruinas o casas abandonadas, a la orilla de las cachaqueras o de los ríos.

El Tunjo, después de todo, no hace más que asustar a las víctimas, al parecer inconscientemente, pues según se entendía él sólo buscaba, como antes he dicho, a un protector que lo cuidara y mantuviera, para él, a su vez, hacerlo rico.

Naturalmente para que el escogido tuviera derecho a esa oportunidad de enriquecerse tenía que soportar alguna prueba, y el caso era que el niño se presentaba llorando desconsoladamente a la orilla del camino, tirado en el suelo precisamente cerca de donde ha de pasar el solitario viajero a quien ha de aparecérsele.

Si la persona pasa de largo el niño lo alcanza y si va de a caballo se le monta en la grupa, dándole así el susto consiguiente y del cual no puede librarse sino corriendo desesperadamente o rezando.

Otros se bajan de la bestia, lo recogen con mucho cuidado, con el consiguiente estupor de encontrar una criatura así abandonada y con lo cual el niño deja inmediatamente de llorar y, en seguida, ante el asombro de su inmediato protector, le habla muy claro, diciéndole:

–Papá, mire que ya tengo ‘’ ñentes’’.

Acto seguido abre la boca, por la que se escapa una feroz llamarada.

El hombre tira la criatura y huye despavorido. Pero, en cambio, aquel que conoce ya el truco y ha estado precisamente esperando una oportunidad como aquella para enriquecerse, y que mucho la ha buscado en los lugares solitarios a deshoras de la noche y en noches de Viernes Santo, procede inmediatamente a hacer lo siguiente:

Rápidamente recoge la criatura y sin darle tiempo a más se moja el pulgar con saliva y lo santigua diciendo solamente:

– Yo te bautizo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El niño queda inmediatamente convertido en un precioso muñeco de oro.

El que coge así un Tunjo se vuelve inmediatamente rico de la noche a la mañana.

El muñeco debe ser cuidadosamente guardado en una caja entre rezos y conjuros especiales; la caja debe ser bastante segura y con un compartimiento suficiente para la alimentación de su ocupante.

Porque el Tunjo come como un ser viviente y defeca asimismo todos los días, pero valiosos trocitos y trocitos de oro macizo, con el cual se va haciendo inmensamente rico su dueño.

Su alimentación consiste en cierto grano o semilla muy semejante al comino, pero mas pequeña, que crece en las faldas de las cordilleras.

La alimentación no debe faltar, ni sus cuidados, ni sus ritos de posesión, porque si no éste se embarca en medio de una tormenta infernal y torrencial lluvia, con la cual crecen los ríos y quebradas saliéndose de sus causes hasta dar con el muñeco, el cual se embarca en las embravecidas aguas, tocando tiple y cantando melodiosamente.

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