
Muy similar es ésta a la Patasola y con
las mismas características. Solo que la Muelona se presenta siempre como una
mujer muy hermosa, aunque provista de una enorme dentadura.
Persigue a los hombres incautos,
enamoradizos, en los caminos solitarios, presentándose incitadora como una mujer
normal y bonita.
Caen en esa forma en sus redes y son
arrastrados por ella, maliciosamente, hasta un lugar más apartado, en donde los
devora triturándolos con su fuerte dentadura.
Persigue a los enamorados, a los
borrachos, a los contrabandistas o que andan en malos pasos y a los que
acostumbran viajar solos por los montes.
Con su dentadura tritura todo lo que se
le atraviese, y su poder destructor es tremendo.
Muchas veces en la espesura o en la
oscuridad solitaria se escucha el macabro triturar de sus molares.

Otra leyenda bastante curiosa rodea la
vida de este personaje que más bien es un espíritu, un fantasma, una maldición
que flota en el aire de los montes, en las hondonadas, en las cañadas y en las
soledades donde abunda la caza. La figura del Cazador no tiene forma física o,
mejor dicho, nadie lo ha podido ver; sólo se ha escuchado en la mansa soledad de
la montaña el melancólico grito azuzando a su perro y luego el latido del can,
más triste todavía; se siente después un influjo misterioso, un presentimiento
avieso que hace poner los pelos de punta.
La leyenda, forjada en la mente de
nuestros antepasados campesinos, es la siguiente:
Érase un asiduo cazador empedernido, que
todo lo dejaba por los deleites y trabajos de la caería y que toda su vida
estuvo consagrada a perseguir los venados por los breñales a la puesta del sol
(el sol de los venados), a los cafuches entre los guayabales, a la boruga por
entre el guadual, a la orilla de los ríos, a los conejos, en los pajonales; a
lasa chilacoas, las chorolas y las guacharacas, en los montes ribereños. Vivía
en un pintoresco y colonial pueblito, cerca de Río Grande, rodeado de grandes
llanos cuajados de pajonales y matojos, empinadas lomas encrespadas de grandes
arboledas y regadas por inquietas y cristalinas quebradas; grandes y hermosas
colinas, crestas y cañadas en donde bullía la caza por doquier.
La caza era, como se ha dicho, la única ocupación del hombre, su sostén, su
única renta. El grito del cazador se oye en la silenciosa inmensidad de la
montaña, cuando se hucha su perro; especialmente a las tres de la tarde; el
perro ladra lastimeramente y el hechizo llega. Otro nuevo grito se oye y la
montaña se llena de un maléfico embrujo. Las aves enmudecen, hasta los insectos
suspenden sus movimientos; el viento, que llega repentino y con satánica
violencia, azota la arboleda y cruza como una tromba. Los animales se esconde o
se arrebujan entre la maraña, huidizos y asustados; las mulas y demás caballares
se espantan, paran las orejas, revientan las sogas, botan las cargas y se lanzan
a correr sin rumbo; los perros se apabullan y buscan las pantorrillas del amo
para favorecerse. En el aire flota un algo de misterio, de brujería, de terror.
Son amedrentados por el hechizo diabólico del cazador aquellas personas que no
respetan las fiestas grandes: los días santos, el Corpus o el día del Sagrado
Corazón, para irse de cacería; los que toman esta afición por vicio o sevicia,
los que acostumbran maldecir en la montaña, los que persiguen sin tregua y con
saña una pieza; a muchos ha engañado el mismo animal en la misma forma antes
descrita y se han perdido en la montaña para siempre o han sufrido serios
percances, resultando muchas veces locos o endemoniados. Son perseguidos más
por el cazador aquellos que dejan de asistir a la santa misa por irse de
cacería. Para librarse uno del embrujo maldito del cazador es conveniente llevar
algún objeto bendecido, llevar bastantes perros, rezar alguna oración a la hora
de alzar a Santos, si es que se encuentra en el campo de caza, persignarse cada
momento que perciba algún espíritu malo o una tentación.
También es muy aconsejable cargar
municiones rayadas en cruz y cada vez que se vea una pieza como con porte
extraño o se note algún indicio anormal, suspender inmediatamente la cacería y
rezar.

El Tunjo es un muñeco de oro. Tal vez
fueron estos pequeños ídolos simbólicos o divinos de los pijaos; tal vez fueron
dioses o simplemente ofrendas religiosas consagradas a paganos dioses o a sus
caciques.
No sé por qué se le atribuyó la leyenda
de un fantasma que anda errante, buscando protección, alimento y cobijo por lo
cual premiaba a su protector con el fruto de una gradual fortuna.
Se presenta en la forma de un bebé
inofensivo, llorando, a la vera del camino, en los grandes caminos reales, en el
cruce de un bosque o de una quebrada, en las inmediaciones de unas ruinas o
casas abandonadas, a la orilla de las cachaqueras o de los ríos.
El Tunjo, después de todo, no hace más
que asustar a las víctimas, al parecer inconscientemente, pues según se entendía
él sólo buscaba, como antes he dicho, a un protector que lo cuidara y
mantuviera, para él, a su vez, hacerlo rico.
Naturalmente para que el escogido
tuviera derecho a esa oportunidad de enriquecerse tenía que soportar alguna
prueba, y el caso era que el niño se presentaba llorando desconsoladamente a la
orilla del camino, tirado en el suelo precisamente cerca de donde ha de pasar el
solitario viajero a quien ha de aparecérsele.
Si la persona pasa de largo el niño lo
alcanza y si va de a caballo se le monta en la grupa, dándole así el susto
consiguiente y del cual no puede librarse sino corriendo desesperadamente o
rezando.
Otros se bajan de la bestia, lo recogen
con mucho cuidado, con el consiguiente estupor de encontrar una criatura así
abandonada y con lo cual el niño deja inmediatamente de llorar y, en seguida,
ante el asombro de su inmediato protector, le habla muy claro, diciéndole:
–Papá, mire que ya tengo ‘’ ñentes’’.
Acto seguido abre la boca, por la que se
escapa una feroz llamarada.
El hombre tira la criatura y huye
despavorido. Pero, en cambio, aquel que conoce ya el truco y ha estado
precisamente esperando una oportunidad como aquella para enriquecerse, y que
mucho la ha buscado en los lugares solitarios a deshoras de la noche y en noches
de Viernes Santo, procede inmediatamente a hacer lo siguiente:
Rápidamente recoge la criatura y sin
darle tiempo a más se moja el pulgar con saliva y lo santigua diciendo
solamente:
– Yo te bautizo, en el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo.
El niño queda inmediatamente convertido
en un precioso muñeco de oro.
El que coge así un Tunjo se vuelve
inmediatamente rico de la noche a la mañana.
El muñeco debe ser cuidadosamente
guardado en una caja entre rezos y conjuros especiales; la caja debe ser
bastante segura y con un compartimiento suficiente para la alimentación de su
ocupante.
Porque el Tunjo come como un ser
viviente y defeca asimismo todos los días, pero valiosos trocitos y trocitos de
oro macizo, con el cual se va haciendo inmensamente rico su dueño.
Su alimentación consiste en cierto grano
o semilla muy semejante al comino, pero mas pequeña, que crece en las faldas de
las cordilleras.
La alimentación no debe faltar, ni sus
cuidados, ni sus ritos de posesión, porque si no éste se embarca en medio de una
tormenta infernal y torrencial lluvia, con la cual crecen los ríos y quebradas
saliéndose de sus causes hasta dar con el muñeco, el cual se embarca en las
embravecidas aguas, tocando tiple y cantando melodiosamente.